Los cuatro cajones del conocimiento
Tengo en mi archivero mental cuatro cajones en donde pongo todos los conocimientos conforme los voy adquiriendo. Los cuatro cajones están debidamente rotulados y cada uno de los rótulos empieza con una letra “I”. Los nombres de los cajones son, de arriba hacia abajo, “Imprescindible”, “Importante”, “Interesante” e “Irrelevante”. Conforme los conocimientos nuevos arriban a mi escritorio, los tomo y los pongo en su cajón. Trato de no dejar ningún conocimiento fuera de su cajón, porque he experimentado el caos que proviene de dejarlos solamente sobre la mesa en completo desorden. Es muy desconcertante. Así que me he echo a la costumbre de asignarlos a un cajón inmediatamente.
Me he dado cuenta que, con el paso del tiempo, son más las cosas que echo hacia los cajones inferiores y menos hacia los superiores. Las cosas de los cajones superiores se han vuelto también de mayor calidad. Y me he convencido de que no puedo dejar conocimientos fuera de estos cajones, y también me he convencido de la necesidad de escombrar continuamente.
El libro de mi amigo es muy bonito y me gusta bastante. Lo he colocado con gusto en la categoría de “Interesante”.
Por qué la arqueología SUD no es algo imprescindible.
No metí el libro de mi amigo en el cajón de “Imprescindible” porque, cuando armé este archivero, decidí que en ese cajón solamente metería lo que tuviera que ver con mi felicidad en esta tierra y con la exaltación y con la vida eterna. Si bien saber sobre nuestros antepasados y sobre la correlación entre los datos de nuestros historiadores y el Libro de Mormón me parece sumamente atractivo estoy apercibido de que todo ese conocimiento no forma parte de la doctrina de la Iglesia. Las ideas de autores como Sorensen y Welch, por las que siento un ávido y profundo respeto, no son la clase de cosas que expondría en una clase de escuela dominical, porque no son doctrina oficial, sino una aventuración teórica, y me gustaría darle a mis alumnos y oyentes información sobre cosas más ciertas. También, debo reconocer que estas cosas me inquietan pero solo intelectualmente. Me parece un fascinante ejercicio intelectual. Pero no espiritual precisamente. Entonces, como no puedo ver la relación de estos conocimientos con la exaltación, no puedo ponerlos en el cajón de “Imprescindible”. De hecho, no creo que todo mundo tenga por necesidad que poseer esos conocimientos. Me parece que una persona puede llegar perfectamente a la vida eterna sin ellos. Se puede prescindir de ellos. Por lo tanto, me parece que no son imprescindibles.
Por qué la arqueología SUD no es algo importante.
Tampoco metí el libro de mi amigo en el cajón llamado “Importante”. Esto no es porque no sea bueno o deseable. Para mí “importante” y “bueno o deseable” son dos cosas diferentes. Todo está en función de la utilidad. Cuando armé el archivero definí “importante” como “útil para desarrollar mi carácter, mi espiritualidad y mis habilidades”. El libro no me es útil para eso. Concedo, claro está, que mi sentido de la importancia no es universal. Lo que es importante para mí pudiera no serlo para otra persona y viceversa. Por ejemplo, si yo fuera arqueólogo, un libro como este ¡claro que sería importante! Porque sería un conocimiento necesario para el desarrollo de mis habilidades. Y si yo viviese por azar en una de las zonas geográficas mencionadas en el libro sin duda me interesaría más que si no viviera en una de ellas. Si estuviese escribiendo un pequeño ensayo como este me parecería importante, porque si no, ¿sobre qué escribo?
Tampoco estoy diciendo que la investigación sobre geografía no sea importante en el contexto de la Iglesia. Por supuesto que lo es. José Smith escribió que es algo que debe hacerse; investigar nuestro pasado, saber más sobre los pueblos del Libro de Mormón, sacar a luz más cosas. Es importante, es edificante y debe publicarse, y debe hacerse, y qué bueno que existan estos libros y que los lean muchos miembros (y no miembros) de la Iglesia. Pero, en orden de prioridad, me pregunto si todos y cada uno de los miembros de la Iglesia deberían de conocer “geografía mormona” y si es útil para todos. Me pregunto si es algo que servirá para edificar su carácter, su espiritualidad y sus habilidades. Mi respuesta particular es no, por lo menos no podría poner esta atención en un orden de prioridad que ocupe el número uno. Por lo tanto, lo coloqué por el momento en el cajón de “Interesante”, y lo sacaré de allí en cuanto sea más útil para mí de lo que es ahora. La doctrina ocupa en el cajón “Importante” un lugar más digno para mí que la teoría y la especulación en este preciso momento.
Sin embargo, hay un lugar de relevancia para la arqueología SUD en la Iglesia, dentro de ese maravilloso contexto. Si prometen tenerme paciencia haré mi mejor esfuerzo para explicarme.
Hay expertos en técnica, pero no doctrina
Tanto la Biblia como el Libro de Mormón son volúmenes de escritura sagrada, que por ser muy recurridos ocupan un lugar prominente en el cajón de “Imprescindible”. De hecho, están en la misma entrada del cajón y hay que pasar por ellos para llegar a las otras cosas. Yo creo que son libros maravillosos, llenos de cultura y promoción del conocimiento. Hay en ellos cosas increíbles. Aunque tengo la firme seguridad de que sus autores, que fueron simplemente guiados por el Espíritu de Dios, nunca tuvieron el propósito de ayudarnos a cultivar nuestro intelecto. Dejaron ese trabajo a nuestras escuelas y universidades; su propósito fue, más bien, el de cultivar nuestro espíritu, ayudarnos a venir a Cristo y guiarnos hacia lo mejor de lo que vendrá en la eternidad.
Admiro mucho el conocimiento y el tacto de Pablo de Tarso. Me encanta, por ejemplo, su discurso de “el Dios no conocido”, en Hechos 17, que le demuestra como un intelectual humilde, como un hombre de estudio meticuloso y, de hecho, como todo un erudito. Admiro también a Isaías, que demuestra un habilidoso manejo experto del lenguaje hebreo. Estoy apabullado por dicha habilidad, y por todo lo que puedo aprender de ella me encuentro agradecido. Igualmente que por David, y ni qué decir de Juan y su conocimiento metafórico. Con todo, no creo que ninguno de ellos quisiese hacer gala o presunción de su conocimiento, sino que pienso que más bien lo usaron para un propósito mayor, y que no escribieron en base a su conocimiento y experiencia, sino que lo hicieron siguiendo el dictado del Espíritu de Dios.
Al entender esto, considero sus conocimientos y habilidades útiles sólo en cuanto a que sirven para ese propósito mayor que persiguieron. ¿Cómo es que los conocimientos de Isaías o de Pablo se usaron para ayudarme a venir a Cristo y a adquirir de él la vida eterna? Este es el punto. Si tuvieron un error al expresarse, y seguramente por ahí lo tuvieron, no quiero empeñarme en buscarlo, y si lo encuentro no me apresuro a criticarlo. Les aprecio más por arriesgarse a pesar de sus errores para mi beneficio. Les considero muy valientes por ello. Para mí, los errores de precisión que hay en las Escrituras, en cuanto uno u otro punto de caracter temporal o intelectual, no invalidan su propósito espiritual y principal que es el que nos lleva a obtener la vida eterna.
Así que permanezco abierto a la posibilidad de esos errores y de ninguna manera me parecen por ello las Escrituras menos importantes ni estoy dispuesto a removerlas de su posición de “imprescindibles”, porque cumplen a la perfección con su propósito, que es espiritual. Son útiles, son edificantes, son divinas. Cuando las leo siento el Espíritu del Señor, y cuando siento ese Espíritu me edifico y me perfecciono.
Creo que algunos están tan atentos a la ortografía que no pueden leer con claridad ningún libro porque en todo lugar encuentran alguna falta y pierden el mensaje principal. Tan inútil como juzgar un libro por su portada es juzgarlo por la falta de un acento sobre una í, que a lo mejor se trata de un defecto de impresión.
La geografía y el Libro de Mormón
A lo largo de mi vida como miembro de la Iglesia he visto a varios miembros emocionarse por un hallazgo arqueológico hasta las lágrimas y blandirlo como la prueba real y contundente de que el Libro de Mormón es verdadero. Aunque al principio me emocioné como todos ellos con el tiempo he aprendido a tomar cierta distancia, al comprender que la edificación que se desprende de ello es relativa. Es que al hablar de arqueología no estamos hablando de la doctrina, sino de la técnica y de la ciencia, una ciencia que, por naturaleza, es del hombre y que es evolutiva y perfectible.
Por ejemplo, hay muchos miembros que son particularmente devotos, podría decirse, hacia la estela de Izapa, lo que algunos llaman “la piedra de Lehí”. Hace muchos años un arqueólogo SUD creyó ver en ella a Lehi, rodeado de sus cuatro hijos y en dirección a la figura central del árbol de la vida; una representación del sueño de Lehi. Desde entonces, y en base a nuevos descubrimientos, otros arqueólogos SUD han propuesto otras interpretaciones, incluso poniendo en tela de juicio la primera versión. Esto no es una falta de integridad en la doctrina de la Iglesia, porque se trata de arqueología, no de doctrina, y la arqueología es por naturaleza perfectible. Las teorías del pasado pueden ser rebasadas por nuevas teorías, con base a nuevos descubrimientos. Porque se trata de eso, de teorías, de técnica, de percepción, de interpretación, de opinión. La arqueología es intrínsicamente especulativa. Hacer ciencia es, inevitablemente, especular, en base a los nuevos descubrimientos.
El miembro que reúne esta evidencia con la esperanza de “probar” a sus amigos que la Iglesia es verdadera, o que el Libro de Mormón lo es, sin duda comete un error básico. La doctrina, según lo explicó Jesucristo, se prueba con la obediencia a la doctrina. Las cosas de Dios, según indica la Biblia, sólo se pueden comprender por medio del Espíritu. El intentar “probar” las cosas del Espíritu con evidencia intelectual sólo producirá, en el mejor de los casos, una conversión intelectual, la cual no será suficiente cuando se enfrente a las dificultades y a las pruebas. Porque lo que debe ser puesto a prueba no es el intelecto, sino la fe.
Existe, claro está, un método para probar la fe, parecido al método científico (véase Alma 32). Se trata de experimentar con las cosas y comprobarlas. Pero aún así los resultados son de carácter espiritual y la prueba sólo puede funciona sobre una base individual. Cuando se trata de la fe y de la relación con Dios cada quien, por su propia voluntad, debe hacer su propia prueba. Los datos técnicos probables o aún cuando fueran certeros, no pueden sustituir esta prueba (Eter 12:6).
Es lo mismo, pero al revés.
No es el propósito de las Escrituras proporcionar los datos técnicos sino contribuir a la prueba espiritual. Al considerarles sobre una base exclusivamente técnica se les toma, inevitablemente, fuera de contexto.
Algunos señalan, y aún reclaman, que la Biblia cuenta con muchos hallazgos geográficos mientras que los hallazgos geográficos precisos sobre el Libro de Mormón son sumamente escasos. A quienes se angustian con esto habrá que recordarles que el tiempo que el Libro de Mormón lleva impreso es muy reciente si se le compara con el tiempo que lleva impresa la Biblia. Y es mucho menor la cantidad de personas que han leido el Libro de Mormón y que han mostrado interés en él. Los investigadores ciertamente han sido pocos.
Sucede con esto como con los libros de la Iglesia. Todo mundo quiere que se traduzcan al español, pero nadie dice yo. Otros, en lugar de aprender inglés, han decidido esperar a que se traduzcan, lo cual, en estas circunstancias, sucederá sin duda en el Milenio. Necesitamos menos críticos, y más investigadores serios, dispuestos a investigar por sí mismos, metiendo las manos a la tierra, en lugar de limitarse a repetir lo que hayan leido. También necesitamos más recursos y más tiempo.
El Instituto Neal A. Maxwell (antes F.A.R.M.S.) se ha dedicado a eso con bastante asiduidad. Hay un puñado de organizaciones más, tanto dentro como fuera de la Iglesia, y SUD como no SUD. Aún así, sus números son muy pocos. Es entonces absurdo esperar que haya tanta evidencia arqueológica sobre el Libro de Mormón como sobre la Biblia. No se ha contado ni con el mismo tiempo ni con los mismos recursos, y es tan simple como eso. Si están dispuestos a esperar a que el Libro de Mormón tenga de publicado lo que lleva la Biblia, y a que tenga la misma difusión, y a que se cuente con los mismos recursos podemos reanudar nuevamente la conversación.
Pero es curioso observar, en cuanto a datos técnicos, la forma en que la Biblia y el Libro de Mormón son complementarios. Porque lo que a la Biblia le sobra en cuanto a datos geográficos le falta en cuanto a referencias cronológicas precisas. Y este es precisamente el punto fuerte del Libro de Mormón. Con la bendición de abarcar una historia de sólo 1,024 años, la cronología del Libro de Mormón está tan profusa y precisamente detallada que se ha podido llevar un seguimiento de ella a pie de página y hacer gráficas y trazar patrones. Pasa eso también en otros renglones, como la genealogía. En el Libro de Mormón las genealogías son muy precisas. En la Biblia se duplican o se traslapan o se llegan a perder segmentos enteros (lo cual es una pista de lo sucedido con la Biblia). Pero centrémonos solamente en el espacio (geografía) y el tiempo (cronología) y podremos contemplar la forma en que el Libro de Mormón y la Biblia son tan complementarios.
Es natural que la Biblia tenga grandes cismas cronológicos, porque el rango de tiempo que abarca es más grande, llegando incluso a una documentación de la Creación y los primeros tiempos, el Génesis. He observado que cuanto más se aleja uno hacia atrás en el tiempo más difícil es documentar con precisión las cosas. Y así, es imposible trazar, con los solos datos técnicos aportados por la Biblia, el tiempo de muchas cosas.
La geografía y la Biblia.
Para quienes piensen que la Biblia tiene una documentación geográfica perfecta, les invito a documentar la ubicación geográfica de todo lo que se menciona en los primeros capítulos de Génesis, antes de Abraham. Descubrirán que existen tantas teorías sobre geografía y cronología del Génesis como nubes en el cielo. Nuevamente les recuerdo que el propósito de la Biblia no es aportar datos técnicos, sino contribuir a la conversión espiritual. Sin recurrir a la revelación sino solo a los datos técnicos, no podemos saber con certidumbre dónde están ubicados algunos de los ríos del jardín de Edén, dónde estaba la tierra a la que fue expulsado Adán, dónde se ubicaba Nod, dónde vivió Noé y dónde descansó el arca. No sabemos la ubicación precisa de Sodoma y Gomorra. Hay dos ubicaciones posibles en el mapa para Ur de los caldeos, así como hay dos ubicaciones posibles para el monte Sinaí.
De hecho, yéndonos a tiempos más recientes, tampoco tenemos ubicados con precisión algunos lugares del Nuevo Testamento. No sabemos con precisión, por ejemplo, dónde se bautizó Jesucristo, ni dónde fue sepultado.
Se han sacralizado lugares, se han tomado fotos de ellos y se han convertido en lugares turísticos sin una base precisa, basándose solamente en la presunción o en la tradición. Por lo tanto, lo que muchos presumen como un conocimiento cierto sigue siendo en realidad una teoría, y como tal es un conocimiento perfectible. Nuevos descubrimientos nos podrían apuntar mañana a otros lugares y los lugares turísticos de hoy podrían quedar en el polvo y el olvido. Por supuesto, como siempre, habrá intereses que no quieren que pasen esas cosas. Pero la ciencia es la ciencia y la verdad es la verdad, y el afán del hombre por buscar la verdad es insaciable. Como debe de ser.
Lo justo es que tratemos al Libro de Mormón de la misma manera en que tratamos la Biblia. Nadie se ha convertido espiritualmente a Jesucristo por haber encontrado la Biblia perfecta en cuanto a datos históricos. No es esa la fuente de su conversión espiritual, y si se han convertido sólo se ha convertido intelectualmente. Pero la conversión que Dios espera es la conversión espiritual, y el propósito de la Biblia no es aportar datos técnicos, sino ayudar al hombre a convertirse a Dios espiritualmente y alcanzar la felicidad y la vida eterna. Lo mismo sucede con el Libro de Mormón. Lo importante, dice Nefi, son las cosas del Espíritu.
Retorno a la humildad
Algunos sentirán su fe debilitada al contemplar lo mucho que nos falta por conocer en cuanto a datos técnicos y arqueológicos (porque en ello descansa su fe). Otros, por el contrario, sentirán su fe fortalecida al comprender la forma en que Dios nos protege para enfocarnos más en las cosas del Espíritu. Y se sentirán más libres para acercarse a Dios en la forma y por las causas correctas.
Luego, ¿deberíamos descartar toda investigación técnica o tecnológica? ¡No, claro que no, por el contrario! Deberíamos hacer más y más de estas investigaciones y buscar la bendición de Dios, para poder tener en un futuro el cuadro completo de las cosas. Pero no debemos hacer a Dios esperar por nuestra conversión hacia Él todo ese tiempo. Porque, en orden, primero viene, lo Imprescindible, luego lo Importante, después lo Interesante y hasta el último lo Irrelevante.
Yo creo que, en un mundo repleto de la búsqueda de cosas autoevidentes y de píldoras y soluciones rápidas, nos vendría bien y sería muy saludable vencer nuestra soberbia y tener un retorno a la humildad. Reconocer que Dios sabe todas las cosas y las revelará en su propio y su debido tiempo. Y que muchas de las cosas de Dios se pueden alcanzar mejor por Sus medios, no los nuestros; como por ejemplo, por el inefable don de la revelación. Y sé lo difícil que es comunicar lo que Dios revela al alma, pero una vez que se tiene es, para quien lo posee, algo tan cierto y tan real como aquello que se nos da a conocer por los sentidos. Haríamos bien en no subestimar tan intestimable sentido y don espiritual. Porque, ¿bajo qué base pretendemos conocer más que Dios sobre las cosas, y pretender limitarlo a Él a nuestros medios? Sus canales de comunicación con el hombre han sido perfectos desde el inicio de los tiempos.
Si nosotros nos sujetamos a Él, si lo servimos y si vivimos a Su manera, estos sentidos se despiertan en nosotros y nos hacemos sensibles a los susurros de Su Espíritu Santo. Una vez despertada esa sensibilidad el gozo es continuo, mientras que el sentido de la competencia y el orgullo espiritual aniquila esos sentidos y nos hace egoístas e insensibles, negando la experiencia que aún no conocemos, pero que otros, los que en verdad siguen a Dios, disfrutan de manera cotidiana, como parte de una forma de vida.
Aquellos gobiernos que han pretendido suprimir o proscribir la espiritualidad en el hombre no han podido subsistir a la prueba de la historia, que repite una y otra vez esta lección: que la espiritualidad es parte inherente del hombre y que el reconocimiento de la vida espiritual es la única forma de garantizar la felicidad humana. Dios, que sabe todas las cosas, eleva nuestra perspectiva de la felicidad aún a un plano mayor: el del gozo de la felicidad eterna.
Lo quiero en mi archiverito.
Me ha costado trabajo mantener mi archivero en orden, pero ¡cómo le he tomado cariño! Me ayuda a enfocarme en las cosas en su debida prioridad. Trato de mantener la mayor parte del tiempo en los primeros dos cajones, y, cuando Dios me regala para mi descanso un poco de tiempo libre, me deleito en contemplar lo que tengo en el cajón de Interesante.
Creo que iré hoy a visitar a mi amigo. Tiene un libro que me gusta mucho. Sin duda es bastante digno de ponerlo en mi cajón de “Interesante” y contemplarlo un rato, un largo rato, para mi deleite intelectual. Quiero también mucho a mi amigo, y me deleito con él. Es posible que, partiendo de allí, terminemos platicando sobre algunos asuntos que van en el cajón de lo “Importante”.
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