lunes, 11 de octubre de 2010

Cómo entender y ayudar a los menos activos

[caption id="" align="alignright" width="240" caption="La confianza y la amistad son prioritarias"]Amistad[/caption]



Los puntos a continuación resultarán sumamente útiles al esforzarnos por tender lazos de amistad hacia nuestros hermanos que han dejado de ser totalmente activos en la Iglesia:


¿Por qué no son totalmente activos?

  1. No ven con claridad cómo se relacionan la Iglesia o sus principios con sus vidas.

  2. Carecen de confianza

    • en ellos mismos,

    • en los miembros,

    • en Dios.



  3. Carecen de autoestima. Su opinión sobre sí mismos depende de la opinión de otros y creen que la opinión de los miembros sobre ellos es negativa.

  4. Temen ser rechazados por familiares y amigos al cambiar su modo de vida.

  5. Se ven distraidos por ambiciones personales que ellos consideran “razonables”.


Cómo ser amigo

  1. Los menos activos deben ser incluidos en nuestro círculo de amigos. La actividad no debe ser requisito para la amistad.

  2. La amistad es una relación igualitaria. No hay superioridad.

  3. Los amigos verdaderos se distinguen porque:

    • La amistad no depende de los resultados,

    • Ofrecen calidez personal,

    • Aportan el deseo de compartir y aprender lecciones de sus propias luchas y experiencias.




Piedras de tropiezo

  1. El temor a

    • no encajar,

    • adquirir responsabilidades demasiado rápido.



  2. La falta de fe

  3. en doctrinas específicas,

  4. en su propio testimonio,

  5. en los miembros, por su falta de fidelidad o porque hacen diferencias (ver Mateo 5:43-47),

  6. en Dios, por haber vivido experiencias trágicas


El engaño de la “perfección inmediata”

  1. El miembro activo cree: “Tan pronto se active y asista se resolverá su vida”.

  2. El miembro menos activo cree: “Tengo que ser casi perfecto para ser activo”.


Ideas

  1. El fortalecimiento de su confianza, testimonio y deseos positivos es más eficaz que las lecciones formales.

  2. Conversaciones sinceras y abiertas, sin muchas preguntas ni compromisos directos, estimulan la confianza y el hallazgo de situaciones y soluciones.

  3. Compartir experiencias propias que muestren cómo los problemas pueden resolverse con ayuda del evangelio les ayuda a ver con mayor claridad la relación entre el evangelio y sus vidas.

  4. Sentir empatía.

  5. Tomar en cuenta que es el Espíritu Santo el que convierte o activa a las personas, y no la influencia humana. Nosotros sólo creamos situaciones en que florezca la confianza y se pueda sentir la influencia del Espíritu.

  6. Orar con ellos, además de orar por ellos.

  7. Asegurarse de que la familia sabe que no será presionada durante la enseñanza. Hacer compromisos solo cuando el Espíritu lo indique. En todos los casos, permitirles tomar decisiones y regular sus vidas.

  8. Evitar el método de “reconocimiento y ataque” de los problemas que descubrimos. Permitir que sean las personas quienes identifiquen el problema y la forma en que desean trabajar con él.

  9. No enseñar más de lo que las personas desean o están preparadas para recibir. El desarrollo de su fe debe regular la enseñanza.

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