Los puntos a continuación resultarán sumamente útiles al esforzarnos por tender lazos de amistad hacia nuestros hermanos que han dejado de ser totalmente activos en la Iglesia:
¿Por qué no son totalmente activos?
- No ven con claridad cómo se relacionan la Iglesia o sus principios con sus vidas.
- Carecen de confianza
- en ellos mismos,
- en los miembros,
- en Dios.
- Carecen de autoestima. Su opinión sobre sí mismos depende de la opinión de otros y creen que la opinión de los miembros sobre ellos es negativa.
- Temen ser rechazados por familiares y amigos al cambiar su modo de vida.
- Se ven distraidos por ambiciones personales que ellos consideran “razonables”.
Cómo ser amigo
- Los menos activos deben ser incluidos en nuestro círculo de amigos. La actividad no debe ser requisito para la amistad.
- La amistad es una relación igualitaria. No hay superioridad.
- Los amigos verdaderos se distinguen porque:
- La amistad no depende de los resultados,
- Ofrecen calidez personal,
- Aportan el deseo de compartir y aprender lecciones de sus propias luchas y experiencias.
Piedras de tropiezo
- El temor a
- no encajar,
- adquirir responsabilidades demasiado rápido.
- La falta de fe
- en doctrinas específicas,
- en su propio testimonio,
- en los miembros, por su falta de fidelidad o porque hacen diferencias (ver Mateo 5:43-47),
- en Dios, por haber vivido experiencias trágicas
El engaño de la “perfección inmediata”
- El miembro activo cree: “Tan pronto se active y asista se resolverá su vida”.
- El miembro menos activo cree: “Tengo que ser casi perfecto para ser activo”.
Ideas
- El fortalecimiento de su confianza, testimonio y deseos positivos es más eficaz que las lecciones formales.
- Conversaciones sinceras y abiertas, sin muchas preguntas ni compromisos directos, estimulan la confianza y el hallazgo de situaciones y soluciones.
- Compartir experiencias propias que muestren cómo los problemas pueden resolverse con ayuda del evangelio les ayuda a ver con mayor claridad la relación entre el evangelio y sus vidas.
- Sentir empatía.
- Tomar en cuenta que es el Espíritu Santo el que convierte o activa a las personas, y no la influencia humana. Nosotros sólo creamos situaciones en que florezca la confianza y se pueda sentir la influencia del Espíritu.
- Orar con ellos, además de orar por ellos.
- Asegurarse de que la familia sabe que no será presionada durante la enseñanza. Hacer compromisos solo cuando el Espíritu lo indique. En todos los casos, permitirles tomar decisiones y regular sus vidas.
- Evitar el método de “reconocimiento y ataque” de los problemas que descubrimos. Permitir que sean las personas quienes identifiquen el problema y la forma en que desean trabajar con él.
- No enseñar más de lo que las personas desean o están preparadas para recibir. El desarrollo de su fe debe regular la enseñanza.
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