lunes, 18 de junio de 2001

Conociendo a DaVinci

Poca gente (entre las cuales ahora tú te encuentras) sabe que Leonardo DaVinci, además de ser todo lo que era, era también escritor. En su extraño estilo -gustaba de escribir de derecha a izquierda- escribía fábulas, bellamente ilustradas y de un sublime valor moral. De su repertorio, te comparto estas dos perlas. ¡Házlas llegar a alguien más!

El Asno y el Hielo

¡Cuántas veces, por pereza, tomamos por óptima una solución a nuestros problemas que no sirve sino para ponernos en mayores dificultades!

Érase una vez un asno cansado que no se sentía con ánimos de caminar hasta el establo.

Era invierno, hacía mucho frío y todos los caminos estaban helados.

- Yo me quedo aquí - dijo el asno, echándose en el suelo.

Un gorrioncillo hambriento se le posó cerca y le dijo al oído:

- Asno, no estás en el camino sino en un lago helado. Ten cuidado.

El asno, muerto de sueño, dio un lárgo bostezo y se durmió.

Pero el calor de su cuerpo comenzó, poco a poco, a deshacer el hielo, hasta que con un gran chasquido el hielo se rompió.

Cuando se encontró bajo el agua, el asno despertó alarmado; pero ya era demasiado tarde, y se ahogó.

El Camello

El camello, arrodillado, esperaba impaciente a que su amo terminase de cargarlo. Un saco, dos, tres, cuatro...

- Pero, ¿cuándo terminará? - decía para sí.

Al fin el hombre chasqueó la lengua y el camello se alzó.

- Vamos - ordenó su dueño tirándole de la brida. Pero el camello no se movió.

- ¡Venga! ¡Adelante! - gritó el hombre, dando un tirón a la cuerda. Pero el camello, apuntalado sobre sus patas, permaneció inmóvil.

- Ya comprendo - dijo el patrón; y dando un suspiro le quitó dos sacos de la grupa.

- Ahora el peso me parece el justo - murmuró para sí el camello y se puso en marcha al instante.

Caminaron a buen paso todo el día y el hombre pensó que llegarían hasta el pueblo. Pero el camello, al llegar a cierto lugar, se paró.

- Haz un esfuerzo - pidió el camellero -; unas leguas más y llegamos a casa.

Por toda respuesta, el camello se tumbó en el suelo.

- Mis patas - se dijo - aseguran que por hoy ya han caminado bastante.

Y el hombre se vio obligado a descargarlo y a acampar toda la noche en el desierto junto a él.

Es bueno ocuparse de nuestros semejantes y demostración de afecto permitir que los demás se preocupen por uno; pero no debe perderse de vista la realidad de que la propia supervivencia está, en definitiva, en manos de nosotros mismos
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