sábado, 21 de julio de 2001

La caridad derrota la violencia

Recientemente un entrañable amigo me escribió para reprocharme el haber mostrado tanta condescendencia al escribir mi comentario sobre Timothy McVeigh. Me hizo ver que el artículo se entendía como si estuviese de parte de McVeigh. Lamento haberme expresado de tan mal modo como para haber sido entendido de esta manera, yo hablaba de no guardar rencor ni emitir juicios incriminatorios para no contaminarnos con el abominable pecado de la venganza y la violencia; por supuesto que no puedo expresar el menor apoyo hacia lo que hizo McVeigh y es por eso que junto con el artículo publiqué esta aclaración complementaria. Los comentarios en algunos foros de conversación de Yahoo me convencen de que hay numerosos miembros que ignoran cuál es la doctrina de la Iglesia sobre este asunto. Pero aún cuando la disciplina puede y debe aplicarse hemos sido instruídos a hacerlo siempre en un contexto de perdón y amor, buscando la salvación del pecador y no su condena (3 Nefi 27:27).

Es difícil perdonar, y es difícil no responder a la violencia con violencia. Sin embargo, las bienaventuranzas son tan ciertas como el día en que el Señor que las pronunció en el Sermón del Monte, y las bendiciones de la exaltación siguen aguardando sólamente a quienes por encima de todo pueden convertirse en pacificadores y establecer la paz en donde la violencia reina. Entonces pueden convertirse en dignos emisarios del Señor de los Ejércitos, el Principe de Paz.

La noticia de la muerte del presidente de Estaca Gerardo García a mano de uno de sus pacientes me hizo recordar un artículo del élder M. Russell Ballard del Quórum de los Doce. Traduzco aquí parte de un artículo de Arthur R. Basset, instructor de grupo de sumos sacerdotes de Orem, Utah, que se publicó en el Ensign de Agosto de 1994 y en el cual hace referencia al artículo del élder Ballard:

Caridad en medio de un mundo violento

"Como seguidores del Señor Jesucristo, podemos hacer algo para poner freno a los efectos de la violencia en nuestras propias vidas y hogares. Podemos evitar hacer juicios injustos acerca de otros; así evitaremos traer pesar a sus familias al esparcir opiniones desinformadas y especulación. Segundo, podemos refrenar cualquier expresión violenta en nosotros mismo y en nuestros hogares. Y tercero, podemos buscar oportunidades de aliviar el sufrimiento cuando sea posible -especialmente en los casos de aquellos cuyas vidas han sido afectadas por violaciones al sexto mandamiento ["No matarás"].

"Cuando caemos en el error de juzgar a otros, tendemos a describir al violador del sexto mandamiento como un alma perdida. El élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce, al escribir sobre el suicidio, abarcó tópicos que parecen aplicarse también a otras transgresiones del sexto mandamiento:

""Siento que juzgar el pecado no es siempre tan sencillo como algunos de nosotros parecemos creer. El Señor dijo, 'No matarás'. ¿Significa eso que todas las personas que matan serán condenadas sin importar las circunstancias? La ley civil reconoce que hay graduaciones en esta materia -desde el homicidio accidental e involuntario a la defensa propia, o al asesinato en primer grado. Siento que el Señor también reconoce diferencias en la intencionalidad y en la circunstancia" (Ensign, Oct. 1987, pp. 7–8.)

"El élder Ballard sugiere que los factores mentales, emocionales o físicos pueden jugar roles en el suicidio que no entendemos. El élder Bruce R. McConkie, del Quórum de los Doce nos dió la siguiente perspectiva:

"“Las personas sujetas a fuertes tensiones pueden perder el control de sí mismas y llegar a nublarse mentalmente hasta el punto de no ser más responsables por sus actos. Ellos no serán condenados por tomar sus propias vidas. Debe también recordarse que el juicio es del Señor" (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2d ed. (Salt Lake City: Bookcraft, 1966), p. 771)

"Podría bien ser que algunas consideraciones de este tipo se apliquen a los casos de abuso físico y aborto. Nuestra responsabilidad es ser tan compasivos como sea posible en todos los casos y dejar el juicio al Señor.

"Debemos alcanzar a otros en amor de todas las maneras en que podamos hacerlo. Algunas veces nuestra respuesta puede limitarse a orar en beneficio de aquellos que sufren; a veces esta es la única manera en que podemos tomar sobre nosotros mismos la carga de otros, "llorar con los que lloran... y consolar a quienes necesiten de consuelo" (Mosíah 18:9). Pero donde sea posible, necesitamos trabajar para restaurar un sentido más alto de la vida y sus propósitos a aquellos que, en su pesar, se han aislado de la vida" (Arthur R. Bassett, “Thou Shalt Not Kill,” Ensign, Aug. 1994, 27)

La esposa de un presidente de estaca, hasta donde les he conocido, suele ser alguien con un espíritu fuerte, sensible y sumamente espiritual. Con frecuencia les es fácil mirar las cosas desde una perspectiva eterna y valorar entonces la imponente trascendencia del convenio que han hecho en el templo, el cual le asegura a nuestra querida hermana García que, si persevera hasta el fin, podrá reencontrarse con el presidente en medio de una gloria y majestad que aún no conocemos (DyC 131:1-2) para heredar con su familia todo lo que les ha sido prometido. Pero todos somos seres humanos y es natural y comprensible que a veces perdamos de vista esta gloriosa perspectiva. En esos momentos, quisiera que no le falten a la hermana amistades en las que pueda apoyarse, personas que la quieran y le acepten como es y no sólo por ser la compañera y la esposa de este gran líder.

A la vez, espero que haya manos compasivas y amorosas que demuestren la comprensión superior que brinda el evangelio hacia quienes han perdido a un hijo, tal vez a un esposo en tan trágico accidente. Al hacerlo, con el corazón lleno de amor y libre de condena ("puros de corazón"), tal vez quieran recordar que el juicio es del Señor (ya que sólo él conoce el corazón de los hombres), quien poco antes de morir supo discernir a quienes le despreciaban a los pies de la cruz diciendo "perdónalos porque no saben lo que hacen", refiriéndose por supuesto a quienes en verdad no sabían lo que hacían. Pero ¿quién de nosotros lo puede saber de manera concreta? Sólo el Señor es quien puede juzgar tal diferencia, "mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres" y "amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos", porque "terrible cosa es caer en manos del Dios vivo" y "como queréis que los hombres hagan con vosotros, así haced vosotros con ellos".

Que el amor de Dios, expresado a través de los miembros de la Iglesia y protegido por convenios eternos, pueda cubrir con su manto el terrible dolor que este acontecimiento nos despierta y, confiando en nuestras promesas, podamos renovar, restaurar y elevar nuestra fe. Entonces tal vez entendamos porque el Espíritu Santo se ha hecho acreedor al nombre de el Consolador. Y también entenderemos porque el amor es mencionado en Galatas 5:22 como el primero de los frutos del Espíritu y porqué es explicado el fruto de la vida en la interpretación del sueño de Lehí como "el amor de Dios que se derrama ampliamente sobre el corazón de los hijos de los hombres;" y que es "por lo tanto más deseable que todas las cosas".

Que el Consolador pueda ejercer su divina influencia sobre nosotros. En el nombre de Cristo. Amén.

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